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Un homenaje a los reyes de la cátedra que imponen el pánico en las aulas pero al final serán recordados con cariño cuando la nostalgia aplique su dulce amnesia, sentencias pronunciadas por profesores cuchillas.
Como en la columna anterior, han sido adaptadas del libro Voy a pasar lista por orden cronológico (Temas de Hoy, 2002).
“Recuerden que yo tengo la sartén por el mango y ustedes están en la parte caliente”.
“¿Si ven lo bien que me sale este experimento? ¡Y pensar que esos miserables no me han dado el Premio Nobel!”
“¿Que si tengo apuntes impresos? No. Los grandes hombres nunca hemos escrito nada: Sócrates, Cristo y yo”.
“Supongamos que yo soy Dios, ustedes son Sodoma y Gomorra y el rector es Abraham… Me encantan estos ejemplos en los que yo soy Dios”.
(A un alumno que golpea la mesa a modo de tam-tam): “¿Qué le pasa, Gómez, está llamando a El Fantasma?”
(Habla una profesora): “¿Entendieron, entonces, el subjuntivo? ¿Los hombres también?”
“Van a ver cuando entren a la universidad, con ocho horas de clase y cinco libros para leer cada semana. Acabarán con un embudo de sombrero y gritando ‘¡Soy Napoleón!’”
“Mire, Ramos, le prometo que el día que llegue a tiempo a clase lo invito a chocolate con galletas”.
“Sí, energía atómica. ¿No han oído hablar de ella? Eso que aparece en la televisión y sale un humito en forma de hongo…”
“El día del examen me voy a poner al lado de algunos de ustedes y voy a repetir a media voz ‘bla, bla, bla, bla, bla’ para que vean cómo se confunde uno”.
“A ver, López, ¿por qué no va, se da una sauna tailandesa y se tranquiliza un poco? Lo veo demasiado nervioso”.
(En clase de anatomía): “Cabrales, ¿quiere dejar ese cráneo en paz, que no le ha hecho nada?”
“A ver si lo entiende de este modo, Peláez: el átomo es Sting y ahí están sus fieles electrones orbitales que lo siguen a todos los conciertos”.
“Donde sigan molestando, voy a injertarme de Herodes y ustedes de niños de pecho”.
“Si les molesta, puedo explicar en voz aún más baja”.
“De verdad, Salcedo, la única diferencia entre usted y una planta ya son solo las gafas”.
“El problema de algunos alumnos en los exámenes de inglés es que no pasaron de los primeros capítulos de Plaza Sésamo”.
“¿Se da cuenta, señorita, de que todo lo que usted sabe sobre literatura del siglo XIX cabe en una estampilla?”
“Y para el examen del lunes les aconsejo a los católicos que se encomienden a la Santísima Virgen y a los ateos, a la Constitución”.
“¡Vamos, no se lo pierdan, un cinco aclamado y una lavadora al que me dé la respuesta!”
“¿Sabe qué, Mejía? Deje la tiza, sacúdase las manos y vuelva despacio a su puesto: este problema es demasiado para usted”
“Yo solo estoy pidiendo el participio pasado del verbo to drink, y usted pone cara como si fuera a explicarme la filosofía presocrática”.
“Un día de estos va a venir Garcilaso de la Vega y los va a desafiar a duelo a todos”.
“Ontológicamente hablando, ¿quién es superior, un pupitre o yo? Pues, aunque ustedes están a favor del pupitre, el superior soy yo”.
“Atención, porque estas fórmulas son muy importantes: son las que se llevaría un físico a una isla desierta”.
“Hoy van a responderme un examen sorpresa sobre ángulos trigonométricos, pero el jueves palabra que les traigo plastilina para que hagan monitos”.
“¿Me pregunta que si sirve la filosofía para curar la agresividad? La agresividad no, pero, ¡ánimo!, la estupidez sí”.
“Está bien, voy a explicarlo de otra manera: los diptongos y los hiatos son como matrimonios: al principio se quieren mucho y son diptongos; luego se separan y va cada uno por su lado, y entonces son hiatos. Mejor dicho: un hiato es un diptongo que se divorció”.